EL TÍO ROBERTO


“Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro” Jorge Luís Borges. “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”
-Shhh, come y calla. La abuela empuña en alto el cucharón con su mano derecha. Con la izquierda se toma la cintura.
-¡Pero yo lo ví al tío Roberto! ¡En la piecita del fondo! ¡No digo mentiras!
-¡Que te calles o te quedas sin ver los “Titanes en el Ring” esos, joder!
El tío Roberto es el más chico de los cuatro hijos de mi abuela Juana que enviudó y crió a  todos como pudo, cosiendo ajeno. Eso dicen, a mí no me consta.
Fue a la siesta lo del tío Roberto. Es que me mandan a dormir y a mí me da una bronca porque prefiero escribir. Tengo como mil cuadernos Gloria espiral llenos de historias que invento. Yo vi al Fernando-ese-mequetrefe-como-dice-la-abuela que se había puesto ropa de mujer. ¡Y el tío Roberto se la probaba! Era en la piecita del fondo donde está el maniquí de la abuela-momia-de-Titanes-en-el-Ring.
Para mí, el tío Roberto es como el Sargento Sanders de “Combate”. Nunca se enoja, da órdenes y no le importa que le coman el cuero. Eso sí, también canta y hace pasos de balet y eso el Sargento Sanders nunca lo haría y mi abuela y mis tías dicen-si- viviera- papá y yo me divierto y escribo todo en el cuaderno Gloria con espirales.
El tío Roberto tenía mucha habilidad con la costura. Primero le empezó cosiendo a mi mamá. De un tapado que no  usaba le hizo un conjunto hermoso que parecía comprado en una tienda. Las vecinas se enteraron y empezaron a llevarle trabajo. Pero la abuela hacía como que no le importaba, por el portón del fondo, les gritaba.
Entonces ocurrió una especie de milagro o algo así. Ramona, la vecina, que era doméstica de una señora rica le habló a su patrona del tío Roberto. Un día llegó esta mujer en un auto largo con chofer y el tío la atendió como una princesa, le dio un beso en la mano y le convidó té en esas tazas que la abuela nunca usa porque dice que no se puede sopar. De ahí en más todo cambió. Esa señora rica trajo a otras y así el tío tuvo que llamar a su amigo Fernando para que lo ayudara y pedirle a mamá que le diera una mano con la plancha.
Resulta que la piecita del fondo le quedó chica al tío Roberto y tuvo que alquilar en el centro. Por ahí no lo veía ni en una semana y mi mamá venía toda cansada pero estaba cada vez más linda y eso me ponía feliz. ¡Hasta hablaba diferente y le brillaban los ojos!
-En el barrio comentan, dicen que…
Eso le decía una de mis tías a mi abuela un día que entraba yo de la calle y la abuela-foto-de-enfermera-en-los-pasillos se puso el dedo de señalar en los labios. Ese día, mi mamá le entregó un sobre a mi abuela que le mandaba el tío Roberto. Eran muchísimos billetes y mamá voz seca-aserrín-de-carpintería le dijo:
-Tome, dice Rober que es para que levante la hipoteca.
Es que al tío ahora le decían Rober y salía en el diario del domingo hablando de modas. Y la abuela hablaba en la carnicería que su hijo salía en el diario y que la gente habla por hablar nomás, porque el aire es gratis.
Para la fiesta de fin de año de la escuela me eligieron para recitar una poesía. El tío fue con Fernando y se sentaron  atrás. No se quedó para saludarme aunque me dejó de regalo un libro: El Aleph de un tal Borges y mi mamá me dijo-sos-chiquito-no-lo-vas-a-entender. El tío Roberto me había puesto con letra prolija: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Con todo el amor del mundo, para un futuro escritor. Tu tío Roberto.
Hace ya cinco años que el tío se fue de San Juan y vive en Buenos Aires. Allá puso su atelier que se llama “Le chateaux” y nos carteamos seguido. Él me dice que escribo muy bien y que mamá me tendría que mandar a un curso de lengua.
Ya no vivimos en el barrio. La abuela vendió la casa y con la plata que le mandó el tío nos cambiamos al centro. Mi mamá no quiso irse con él por no dejar a la abuela. Gracias a una clienta encontró trabajo en una tienda de telas como asesora de compras.
El otro día cuando dije que me gustaría ser como el tío, a mi mamá se le atragantó el bocado y la abuela respiró profundo y se echó en la silla. No entiendo por qué, la tía Cecilia dijo:
-¿Por qué no lo mandás a fútbol?
Y yo les dije que ni loco iba a fútbol, que iba a hacer lo que me gustara porque sólo una vez en la vida el hombre sabe para siempre quién es-voz-del-Sargento-Sanders-a- sus-soldados. Increíblemente, todas  quedaron calladas.
Ya no dan más los Titanes en Ring ni Combate, tampoco está el tío para hacerme reír con su canto y sus pasos de balet. Y yo empecé un taller literario.

 

María Alejandra Araya

 

EXAMEN FINAL
(La novela pertenece a la Colección “20 escalones” de la Ed. Comunicarte de Córdoba)
1

Lunes.  Lunes por la mañana y esa angustia de no querer venir a la escuela y tener que hacerlo. Lunes. Clase de Literatura prolija y monótona con una profesora que odia el pizarrón. “Cuidado, chicos, la tiza me hace toser, chicos, borren despacito porque con mi alergia no hago más que toser y estornudar, toser y estornudar” palabras de la profe de Literatura. Palabras-discurso de político en campaña. Glosa de acto escolar.
-¡Cómo vas a faltar, Andrea!
-Pero mami la abuela se muere, se muere, ¿entendés? Yo quiero estar al lado de ella.
-No, hija, no. En la terapia no podés hacer nada. Ni cinco minutos te dejan entrar, ni cinco minutos. No llorés que me hacés sentir mal. Andreíta, vení, no te enojés.
La abuela Greta vivía en Marayes. No sé muy bien cuándo se vino, o si realmente se vino, ni por qué se vino al centro y construyó junto al abuelo Alfio la gran casa de Trinidad. Últimamente contaba más de su vida pasada. La abuela Greta tejía la colcha y contaba: “Nos fuimos viniendo todos, de a poco, como hormiguitas con su carga. Y el pueblo quedó solo, medio fantasma quedó. ¡Pobre, quién iba a decir!”. Lo que sé es que ella pocas veces contaba su vida en aquel pueblo sediento de amor y de agua. “Y nos fuimos viniendo todos, de a poco, como hormiguitas con su carga “, repetía mientras tejía y tejía su colcha como imaginándose los días por venir, los días en que, enferma, tenía que emprender su camino.
La abuela Greta había vivido en Marayes hasta los treinta años y ahora se moría en una cama de hospital conectada a un inmenso tubo de oxígeno que representaba aquel delgado hilo que aún la ataba a la vida. ¡Se me moría mi abuela y agonizaba la casa! Y yo no entendía bien qué significaba todo eso de la muerte y que si las almas  han sido buenitas, buenitas se van al cielo, si se han portado más o menos al purgatorio y si fueron unas reverendas hijas de puta se cocinan en el infierno. Se fríen, se derriten. No sé cómo será todo eso. Para Carolina Segovia es muy claro, está todo el día metida en esos grupos de la iglesia: “Andrea, estamos sólo de paso en esta vida. La muerte...la muerte es, cómo decirlo, sólo un paso para la vida eterna. Quedáte tranquila que tu abuela estará un tiempo en el purgatorio y después, seguro, se va al paraíso”.
Para mí la muerte tiene olor a pasto podrido, a margarina rancia. Es tan fea como la Profesora de Literatura, tiene mal aliento como el Profesor de Matemáticas, es tan, pero tan molesta, me llena de apuros, me punza el estómago como la proposición de Andrés.
Y otra vez tener que pensar en la muerte. Sentir que existe y que de un soplo se puede llevar lo que uno más quiere. Y otra vez verla merodear por la gran casa, como una señora en auto caro. La muerte-Glenn Close en “101 dálmatas”. La muerte y la abuela. La abuela-perrito dálmata escapando de las garras de una mujer sedienta de piel y  ternura.

 

Cierro los ojos y veo a la abuela Greta tendida en la cama, desnuda con caños y aparatos que sólo sirven para prolongar una impostergable agonía parecida a un estrecho sendero. Y también veo a los obreros de la empresa “Progresar S. A.” demoliendo poco a poco cada pedacito, cada rincón de la casa de la abuela.
-¡Maturano! No me diga que se está durmiendo en mi clase, Maturano. A ver qué dije, qué expliqué del cuento que tenían que leer para hoy. Porque si se duerme en mi clase, Ma-tu-ra-no, debe saber lo que expliqué del cuento de Cortázar, “Continuidad de los Parques” que tenían que traer leído para hoy. ¿O- no- lo- le-yó- pa-ra- hoy, Ma-tu-ra-no?...
“Continuidad de los Parques”... ¿La abuela continuará viviendo? ¿Se me morirá mi abuela? ¿Matarán a la casa? ¿Y cómo será morirse, dejar de respirar? ¿Dónde te irás, abuela,  dónde? ¿O te desintegrarás y dejarás de ser? ¿No serás más Greta? ¿O seguirás siendo de otra manera?¿Cómo será morirse, abuela?
-Maturano, el cuento de Cortázar, el que aparece en Final del Juego, Ma-tu-ra-no...
¿Será tu final, Greta? Digo ¿te irás para siempre? ¿Ya jugaste todo en esta vida? ¿Será este tu Final del Juego? ¿No querés jugar más abuela? ¡Mirá que si jugábamos cuando yo era chica! Nos escondíamos en el patio o corríamos por los cuartos de adelante y de atrás.  O nos disfrazábamos. ¿Te acordás cuando nos disfrazábamos, abuela? Y vos sacabas de ese baúl que trajiste de Marayes aquellos disfraces con historia. Me acuerdo cuando me puse el velo de odalisca y te reías y decías que casi las sacan a la tía Noemí y a vos de aquel baile de carnaval en el pueblo porque las mujeres de la parroquia afirmaban que con ese disfraz se atacaba la moral y las buenas costumbres.
¿Por qué nunca antes te habías enfermado? Jamás entraste a un hospital, y ahora, de repente, justo para el Día de la Madre, hubo que llamar a la ambulancia. Y esos ojos abiertos, bien abiertos que nos miraban a todos reprochándonos tu internación.  ¡No quiero que te vayás abuela! ¡No me dejés! ¿Qué voy a hacer sin vos? Sin tus mates cuando estudiaba, sin tus salsas, sin tus conservas, sin tus tejidos, sin las películas que veíamos juntas. Y ahora te vas porque te vas a ir y me vas a dejar sola y sin la casa y no me vas a ver cuando me reciba, no vas a estar para el baile de egresados, ni para cuando nos vamos a Bariloche, no vas a estar.
-¡Maturano! Contésteme, dígame algo. ¡Le estoy hablando!
-¡No estaba prestando atención, profesora! Disculpe
-¡Disculpe! ¡Disculpe! Así son ustedes, creen que uno viene aquí de puro gusto. Ustedes son unos privilegiados, han recibido una educación de primera y gratuitamente. ¿O pagan algo? No, nada. Pero se dan el lujo de hacer lo que quieren en la clase. Ya van a ver en la Facultad, ahí sí que el que no se preocupa, no avanza, no avanza...Bueno, sigamos, atienda Maturano, atienda.
¿A quién se le ocurre poner Literatura en la primera hora, a las ocho menos veinte de la mañana? ¿Para qué mierda me sirve Continuidad de los parques si pienso seguir Abogacía, creo, no sé? Sí que lo había leído, sabés flaca frustrada. Tenía ganas de decírselo, de gritárselo en plena clase. Y me gustó, sabés. Me gustó porque era corto y por eso de que lo que uno lee se le vuelve realidad. Entonces yo voy y me busco un libro que diga: y un día la abuela Greta abrió sus ojos y descubrió que todo lo que había pasado era una pesadilla y volvió a la casa de altos ventanales y corazón de adobe y la estaban esperando todos los Zamora. Volvió a seguir bordando y tejiendo y cebando mate con cedrón. Y colorín, colorado esta historia atroz y aterradora ha acabado.
Timbre-amigo. Timbre-hermano. Timbre-amor de abuela. Timbre-reverenciado. Timbre-ponderado.  Timbre-olor de la casa de uno.
Siempre que veo el patio de la escuela con chicos conversando en grupos, riéndose sentados en los canteros, tratando de comprar alguna factura en el kiosco de Guille me acuerdo de mi primaria y aquello de palomitas blancas como nos decía la señorita Margarita. La señorita Margarita y el ahorro es la base de la fortuna. La señorita Margarita y las monjas y nosotras con el uniforme abajo de la rodillas y las medias tres cuartos. La señorita Margarita y la fábula de la cigarra y la hormiga. La señorita Margarita y las monjas. La señorita Margarita:
-Bueno, silencio, a ver. Entonces ¿cuál es la moraleja que nos deja esta fábula?
-Que hay que ser como la hormiga.
-Muy bien, muy bien y ¿por qué hay que ser como la hormiga?
-Porque la hormiga era trabajadora.
-Era buena.
-¡Zí! ¡Zí! Era buena...
Voces de nenas metidas en uniformes de soldados.
Por aquel entonces, no me animaba a decir que a mí me gustaba la cigarra porque alegraba a todos, se divertía y era muy feliz cantando, que era, en definitiva, lo que sabía hacer. Por aquel entonces la abuela hacía todos los quehaceres de la casa y mientras entraba y salía de un cuarto a otro limpiando y ordenando, me decía que cada animal tiene lo suyo igual que las personas y que no era cuestión de nosotros, sino de la Naturaleza que bien sabia tenía que ser para haber hecho todo tan, pero tan perfecto. “¿No te parece, Andrea?” Y yo me le quedaba mirando desde mis pecas, desde mi ortodoncia, desde mis ocho años desafiantes de inocencia.
-Bueh, alumnas, ahora con letra prolija, ¿eh?, bien prolija y sin manchas, anotamos en el cuaderno general: Moraleja “El ahorro es la base de la fortuna”
-¿Le hacemos un recuadro señorita?
-Sí, sí, por supuesto, un recuadro con color.
¡La señorita Margaira y el cuaderno borrador y el cuaderno general! En el borrador se podía trabajar como uno quisiera, borrar y tachar porque para eso era borrador. Pero el general era sagrado, cualquier tachoncito podía costar un recreo.
O sea que yo podía hacer lo que quisiera en el borrador: equivocarme, tachar, borronear, hacer un hueco de tanto pasar la goma mojada en saliva. O sea, después lo transcribía al general donde todo debía estar ordenado, prolijo y aseado. O sea, ¡qué bueno sería tener un cuaderno borrador y un cuaderno general en la vida de uno! O sea que uno: se equivova, tacha, borronea, hace un agujero-dolor de muerte pero como es el borrador, nadie se entera, a nadie le importa. Sólo hay que pasar al general las tareas prolijas. Las que mejor salieron. Las impecables. O sea. O sea que la vida sería un ensayo y un estreno. ¿O serán todos ensayos? ¿O todos estrenos?
-¡Andrea! ¿Qué te pasó con la de Literatura? ¿Te dormiste, flaca?¿O estabas pensando en Andrés, eh?
-No, Luciana, que Andrés. Estoy remal por lo de mi abuela. Ayer la internaron, ¿sabés?
-¡Uy! ¡Qué jodido, che! ¿Está tan mal?
-Mirá, parece que sí. Decidieron entre mi vieja y mis tíos que era mejor, que no podía estar en mi casa, que era mucho para nosotros. Pero te juro que a mí no me molestaba, no me molestaba, Luci. Tenerla en casa, ayudarle a ponerse el oxígeno, era mejor...
-No llorés, Andre, no llorés, ya vas a ver que se pone bien y todo pasa, ya vas a ver.
-Creo que te vas a tener que acostrumbrar a extrañarla.
La voz ondulante de Carolina Segovia caía como una tonelada de cemento, aplastándonos contra las baldosas del patio. La lengua de Carolina Segovia dividida en dos que se estiraba más allá de sus labios finitos. Finitos y espantosamente ridículos que ni pintárselos podría. Se pintaría los dientes y la lengua si no tenía carne, apenas un hilito rosado: sus labios.
-¡Calláte, tarada! No le digás eso, no ves que la hacés sentir mal.
-¿Por qué decís eso, Caro? ¡¿ No va a salir, se va a morir, la abuela se va a morir?!...
-Mirá, Andre, hay que ser realista, tu abuela tiene 88 años, ya vivió lo que tenía que vivir. A mi abuelo le pasó lo mismo, y se murió. Es vejez.
-Decís eso porque a vos no te duele.
-No, no es eso, Andre, lo digo porque te quiero como amiga y tenés que aceptar la muerte, todos nos vamos a morir, algún día. Dios nos ha dado la vida y él la quita cuando quiere. Tenés que aceptar la voluntad de Dios.
-Entonces la voluntad de Dios es injusta, me cago en la voluntad de Dios. Yo la necesito a mi abuela, todos la necesitamos. Entonces Dios no sabe lo que hace, no sabe. O le gusta ver sufrir a la gente ¿eh? Porque todos estamos sufriendo por ella y por la casa. La voluntad de Dios, la voluntad de Dios. ¿Sabés lo que es la voluntad de Dios? ¡Una broma de mal gusto! Eso es la voluntad de Dios, me re cago en la voluntad de Dios.
-Estás como endemoniada, qué te pasa. ¡Vas a tener que confesarte!
El timbre sonó en mi cabeza como un revólver. Como si estallara en mi corazón un volcán y la lava del dolor empezara a carcomerme las entrañas.
Mientras caminábamos al curso, me puse al lado de Luciana y de mis otros compañeros para que me transportaran, como flotando, porque no tenía ganas de entrar. ¡Dichosa Carolina! Yo quisiera tener una fórmula para enfrentar la muerte. Algo así como: la suma de los cuadrados de los catetos de la tristeza de mi corazón es igual al cuadrado de los hipotenusa de la ausencia de la abuela.
 Sólo tenía lugar para la abuela y para la casa. Abuela. Abuela Greta llena de palabras como espejos que derramabas entre todos nosotros, los Zamora. Abuela mía, vos tenés que haber sabido lo del Shopping y no quisite decir nada. El sábado, cuando el hombre de traje y corbata me hizo firmar, me di cuenta.
-¿Familia Zamora?
-Sí...
Voz de gozne herrumbrado.
-Le traigo una carta de la Municipalidad, firme aquí por favor...
-Y esto qué es...

 

SHOPPING SUR: UNA REALIDAD

La empresa Progresar S.A. ganó la licitación.

Será inaugurado en marzo del año próximo.
imag3 



-Es por lo del Shopping, ya es la segunda vez que vengo, hace como diez días le dejé a una señora mayor una carta igual. Tiene que pasar urgente por la Municipalidad...
Tiré el plumero y el lampazo y arranqué el sobre con furia. Imagen congelada de película-el titular del diario del mes pasado. Ese recuerdo, más el agua de mis ojos no me dejaban leer con claridad.
-No quiero estudiar.
-Vos quedáte estudiando, quedáte estudiando, es lo único que mi mamá Marucha ha repetido durante los últimos cinco años, tenés que estudiar para ser alguien en la vida, para poder defenderte el día de mañana y ser una persona de bien.
-¡Para qué, para qué! Para después tener que irme del país porque no tengo trabajo, para poner un kiosco o manejar un taxi. ¿Para eso querés que estudie?
Abuela, abuela  Greta llena de silencios. No sos de hablar mucho y enredarte en los discursos con palabras extrañas. Esos silencios largos o cortos, o profundos como un deseo que sólo violabas si tenías que decir algo importante, transparentes como el agua, pero no como el agua del río San Juan, sino como la de ese arroyo de Córdoba al que fuimos un año de vacaciones.
No quiero estudiar. Desde que la abuela se descompuso ese día es como si sintiera juntas todas las angustias de los domingos por la tarde; como si lloviera permanente en mi corazón y el barro del desconcierto y la duda no me dejaran avanzar. Y ese día, la encontré casi dormida, casi inconsciente y no supe qué hacer: si gritar o llorar, llamar a alguien o abrazarla como cuando llegaba de la escuela primaria y me tenía la leche con vainillas. Porque mi mamá no estaba, se la pasaba trabajando en el hospital, del Rawson al Marcial Quiroga, todo el día, para tener ahora una triste jubilación. No quiero estudiar. No me banco ninguna de esas profesoras histéricas. Sólo quiero estar a su lado, acariciarle la mano y observarla todo el tiempo, para que mi memoria de diecisiete no la olvide nunca.
Greta era nombre de actriz. En realidad se lo puso en honor a Greta Garbo. Mi mamá decía que creían que se llamaba Petronila, Petrona o Pancracia que después se lo cambió a provechando su puesto de jefa del Registro Civil de Marayes. Greta era nombre de actriz porque la abuela idolatraba a la Garbo. Ella organizó el cine que primero funcionaba en la plaza hasta que un viento Zonda les arruinó todo y pudieron habilitar las instalaciones del Club Deportivo y Cultural Arte y Progreso de Marayes.
-¡Qué Día de la Madre! Todos en casa tenían cara de culo, sabés Luciana que...
-Pasen chicos, que la profesora está esperando.
Sandra, la preceptora, no era mala, tampoco era buena. ¡Bah! ¡Qué se yo! Por ahí se notaba mucho que no le quedaba otra que trabajar de esto para mantener a sus hijos. A los varones los tenía rejunados. A las mujeres nos perdonaba ciertas cosas, pero a los varones, nada. Con mis compañeras pensábamos que era porque como el marido la dejó y todo eso a lo mejor odiaba a los hombres, podría ser.
Seguimos cuchichando con Luciana que se sentaba al lado mío desde primer año. Nos conocimos aquí, en la escuela y no nos separamos más. Nunca voy a olvidarme del primer día de clases en primer año. Luciana tenía dos colas de caballos que salían desde arriba de sus orejas en cascadas rubias. Aún la embromo con eso, aunque después ella tomó otras formas y se hizo más alta que yo. Es mi mejor amiga. Si hasta fui con ella y su familia a Mar del Plata ese verano en que la abuela Greta intercedió por mí ante mi mamá Marucha para que me dejara.
-Maturano y Díaz, ¿qué les pasa hoy? ¿Han tenido un fin de semana muy activo que no dejan de hablar? La profesora sigue esperando...
Y ese aliento a pucho que me molesta. A mis compañeros los persigue con el asunto del cigarrillo pero ella se mete a preceptoría y fuma como un vampiro. ¿Cómo fumarán los vampiros? La verdad es que yo nunca los he visto, pero la abuela siempre lo sabía decir. A mí mamá se lo sabía decir: “Fumás como un vampiro, te va a dar cáncer a vos, cáncer de pulmón y de corazón y de todo. Seguí fumando vos.”
- Buenos días, chicos.
- Buenos días profesora.
-Tomen asiento. Hoy vamos a seguir con las fotocopias que sacaron la semana pasada sobre los comienzos de la Filosofía. Se dividen en grupo, leen y empiezan a contestar la guía de trabajo. ¡Ojo! Cada grupo tiene una guía diferente, al final del módulo van a exponer los trabajos ¿Sí? De esa manera todos tienen todos los temas y yo tengo nota de ustedes.
-Profe, nos va a evaluar con esta exposición.
Rodrigo que siempre hace las cosas por interés, no da puntada sin hilo. El pelo negro y lacio le cae sobre los ojos asi que puede esconderlos cuando se avergüenza de lo que dice, como ahora.
-¿Qué acabo de decir, Oropel?
-Pero es que es mucho, son como mil hojas, mire...
-¡Ah! Y cuando vaya a la Universidad, se va a morir Oropel, con todo lo que tiene que estudiar...
-Lo mismo que nos dijo la otra profe, la profe de Literatura, de que hay que estudiar mucho y que aprovechemos porque el año que viene ya vamos a ver.
Voz mía de Antonio Banderas en la película “La Casa de los Espíritus” cuando les habla a los pobres campesinos hizo que la clase se callara de rumores por unos segundos en que pensé que la profe se iba a enojar. ¡Justo ahora se callan! Lo que había dicho no era duro, era cómo lo había dicho. El tono de embole-reproche que había utilizado.
-¡Y claro, Maturano! Estamos en octubre, no falta nada para terminar las clases y ustedes se van. Casi todos siguen estudiando, ¿no?
Respiré. La profe no había advertido el tono o lo había advertido pero se había hecho la zonza porque no quería problemas. Desde mitad de año hasta ahora el bombardeo constante sobre las carreras, qué vas a seguir, vas a seguir algo, qué vas a estudiar, te vas a Córdoba, te metés a la Católica o a la Nacional. No yo me quedo. No yo me voy. ¿Ingeniería? ¿Abogacía? ¿Arquitectura?. En todos lados era lo mismo, las mismas conversaciones, las mismas preguntas y la misma rotunda respuesta: no sé. Yo no sé. Me encanta ver películas y aprenderme las escenas de memoria y pensarlas de otra manera, digo, con otros finales. Pero no como actriz, sino como el que hizo la historia que esos actores están protagonizando. Y pienso que no voy a tener campo de acción es decir me voy a cagar de hambre. Entonces me voy con mi mente hacia otras direcciones y vuelve a aparecer el deseo de ser actriz. Como la Garbo, la ídola de la abuela.
-Las actrices mienten, ¿no abuela?
-No, no mienten. Hacen creer, que no es lo mismo.
-Actriz, me gustaría ser actriz para ser todos y ninguno a la vez.
-¿Y vos, Andre? ¿Quién sos vos?
“¿Quién sos vos? Me había dicho  esa vez la abuela. A lo mejor me quiso decir: sos adoptada. ¿Quién será mi mamá, entonces? Se me había dado por traer a mi memoria pasajes vividos con la abuela. Y esos pasajes venían a enredarme mucho más la vida. Me sentía indecisa en tantas cosas y esos recuerdos, a la inversa de lo que yo deseaba, me confundían más. ¿Quién sos vos? En realidad me quiso decir: averiguá quién sos, de dónde venía. Me tengo que poner en campaña para saber. No como esa vez que me dio el ataque a los trece años y aunque me mostraron el Acta de nacimiento y me aplaqué un poco, no les creí.
-Luciana, viste como te decía, ayer en mi casa se juntaron todos los hermanos de mi vieja, mis tíos, y a la abuela le dio una descompostura muy fea,  se quedó sin aire, y bueno, decidieron internarla.

- Vos que opinás, Chiquito, la internamos a la Greta o la dejamos aquí nomás.
Voz de mamá Marucha entabacada. Voz-áspera-lengua de gato-aserrín de carpintería.
-Yo digo que la dejen aquí, que se muera tranquila en su cama. Mirá, ella ya vivió lo suficiente, pobrecita. ¡Son 88 años!
-Y vos, Eleazar, ¿qué decís?
-Mirá, Marucha, yo creo que mientras hay vida hay esperanzas, si va a estar mejor en el Sanatorio, con profesionales y enfermeras que la cuiden y sepan qué hacer cuando le dan los ataques esos que se queda sin aire, y yo digo que la internen.
-Además vos, Marucha, estás cansada de tener todo el día en tu casa gente y gente, yendo y viniendo.
-Pero a mí no me molesta, por eso no se hagan problema, de ninguna manera. A ver, Noemí, vos como la mayor qué decís.
La tía Noemí, con su tranquilidad pastosa, esas palabras de ex jefa de Registro Civil y autodidacta. Tía Noemí-hija mayor-jodéte por ser hija mayor y que los padres experimenten con vos. La tía Noemí con ojos de secretos marayeros pensó unos instantes su discurso, sabía que los otros la escucharían como siempre lo habían hecho, aunque la seguían a mi mamá que era la más chica. Se haría lo que Marucha dijera. Tenía dos poderosos avales: su experiencia como enfermera y la abuela siempre había estado con nosotros.
-A mi modo de ver, a la mamá hay que internarla. No puede estar aquí si la ciencia puede aportar adelantos para que ella se cure. El doctor ha sugerido que hay alguna esperanza, que ella demuestra ganas de vivir.
-Pero esta es su casa, Noemí, la Greta jamás ha estado en un hospital, ni para tenernos a nosotros estuvo. Nunca una operación, nada. ¿Vos sabés lo que va a ser eso para ella?
La tía Judith se arrebataba al hablar, se atropellaba con las palabras. Nunca sabía cómo decir las cosas. A veces metía la pata, o hería sin intención porque jamás pensaba antes de hablar.
- Judith, no te pongás así. Yo te entiendo, es verdad lo que decís, pero  tranquilizáte. Es verdad lo que dice la Noemí, la mamá va a estar mejor en el Sanatorio. Ya vas a ver.
Al tío Nicodemo lo había visto unas cinco o seis veces en mi vida. Se había venido de Punta Alta donde vivía con la segunda familia que había armado, ya que se fue de San Juan después de su separación. Había llegado solo por la mañana del domingo del Día de la Madre. Tenía la mirada tan triste que me espantó.
-Y vos, Absalón, qué opinás.
El pobre tío Absalón era tan sordo que sólo le sonreía a la gente como para creer que formaba parte de ella, de su ritmo, de su dinámica. Pero nunca sus decires tenían peso, ni eran tomados en cuenta.

 
La abuela Greta se moría y yo aquí con los jonios y el inicio de la Filosofía como ciencia. La abuela Greta apenas respiraba y yo aquí en estos bancos incómodos, sucios. Todos rayados y con largos machetes arriba de corazones profundamente enamorados: “Los jonios eran principalmente cosmólogos. Más adelante , con Sócrates, el pensamiento adquirirá una orientación diferente: de las especulaciones cosmológicas se pasará al tema del hombre”. La abuela Greta se me iba y yo aquí, con un grupo de las cuales a la única que me banco porque es mi amiga es a Luciana, a nadie más. Ni a Carolina que es una chupa-sirios que fue compañera mía en las monjas y lo siguió siendo durante todo el secundario, ni a Mariana Torres cuerpo de muñeca Barby.
-“Sócrates era hijo de una partera. De su madre, decía, había aprendido el oficio del pensamiento. Porque pensar, en efecto, consiste en dar a luz, y esto involucra cierta dosis de sufrimiento”.
Voz grabada de muñeca-Mariana Torres.
-Dame, dijo Luciana, dame que ahora leo yo. ¡Me estoy durmiendo!
-Vos siempre la misma, Luciana. Yo me voy a otro grupo.
-Mariana, vení, no seas idiota, hacéme el favor. Dale, seguí leyendo pero más fuerte, con más ganas, che, que encima que esto es un plomazo...nos dormimos todas...
-Bueh... pero presten atención también ustedes...shhh, shhh, ahí va: “ Según dijimos ya, el pensamiento brota a partir de la crisis. Crisis significa eso, algo que se rompe y, porque se rompe, hay que analizarlo. El gran invento de Sócrates fue la libertad íntima. La libertad es el pensamiento del individuo. Pensar es qué consiste vivir y cómo hacer para lograr una existencia feliz. Olvidarse de las verdades aprendidas y buscar la razón de ser de uno mismo”.
Me levanté furiosa, embroncada. Iba a ir a hablar con Sandra para irme, para escaparme.
-¿Qué hacés Andrea? ¿Dónde vas?
-No doy más, me voy, dejáme.
-Vení tenemos que terminar este trabajo y entregarlo al final de la hora, sos loca.
-A la mierda el trabajo y la escuela, me voy. Voy a ver si consigo permiso.
Salí, inventándome una descompostura de estómago a la chicatona de Filosofía. Chicata y bigotuda. ¿Por qué no se depilaba? Nunca entendí a las mujeres que se descuidan a sí mismas. La abuela jamás lo hacía. Se pintaba las uñas, se ponía crema “para emparejar las arrugas” y, por ahí me pedía:
-Andrea, ponéme un poquito de ese pomito que tenés para los bigotes...
No me aguanto nada, tengo que irme. Me sentía adentro de un pullóver en pleno verano, como si una bolsa de nylon asfixiara mi cabeza. Debía irme a ver a la Greta. ¿Por qué ahora me importaban otras cosas? ¿Por qué, de pronto, me parecía que todo en lo que había creído hasta el momento era como una película de las que me gustaba ver, sólo que ahora yo estaba dentro de ella y debía actuar como pudiera? ¿Por qué sentía que éste era el momento de saber de dónde venía? Y no me refería a que papá plantó la semillita en la panza de mamá o el cuento de la cigüeña que mamá Marucha me hizo creer una vez. La que me explicó claro y sencillo a los siete años de cómo se hacían los bebés y venían al mundo, fue la abuela.
¡Abuela! ¡Abuela Greta! Tenía que irme a verla.
-Déme la libreta de comunicaciones, Maturano. Y conste que la dejo ir porque es ud, Maturano, y creo en su palabra. A ver, déjeme hablar con el jefe de preceptores. Bueno, vaya, vaya y me trae la nota firmada por su mamá o que me llama por teléfono o se acerque por la escuela. ¿Sabe? Vaya, vaya y que se mejore su abuela...
“Que se mejore su abuela...que se mejore”. El eco entabacado de la voz de Sandra seguía retumbando en mis oídos, en mi cabeza y en mi corazón. Mientras caminaba por la vereda del colegio, mirando de reojo sobre mis espaldas por si venía el colectivo, experimentaba el alivio de una siesta entre las sábanas almidonadas de la cama de la abuela, el alivio de respirar el fresco del jardín de la casa con eso olor a azahares del limonero, el alivio de los abrazos de la Greta que me daba cuando era chica y yo me despertaba llorando por alguna pesdadilla.

 

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Maria Alejandra Araya © 2008
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